Estados Unidos llega a 2026 como el mayor mercado de viajes del mundo y, al mismo tiempo, como el único entre los grandes destinos globales que cerró 2025 con una caída en el gasto generado por parte de visitantes internacionales en el país.
Estados Unidos 2026: el gigante en su laberinto operativo
Estrategia, receptivo internacional y el la Copa Mundial de la FIFA 2026 como apuesta para el receptivo de Estados Unidos.
Viva Resorts by Wyndham invita a seguir cada minutos de la Copa Mundial de la FIFA 2026 en sus resorts del Caribe.
A partir del próximo 1° de abril SKY Airlines contará con una frecuencia diaria uniendo el Aeroparque de Buenos Aires con Miami, con una breve escala intermedia en Lima.
Estados Unidos genera deseo de visita, pero el embudo del acceso filtra una parte significativa de esa demanda latente.
Esa paradoja no es retórica: es el punto de partida para entender lo que está en juego este año, con la Copa Mundial de la FIFA como catalizador, y la pregunta sobre si el gigante puede recuperar terreno o si el laberinto estructural en el que opera es más profundo de lo que sugieren los indicadores agregados.
El escenario real: fortaleza doméstica, receptivo en crisis
Los números de base son sólidos. Según el Economic Impact Research de WTTC (abril 2026), el sector turístico contribuyó con $ 2,63 billones al PIB de Estados Unidos en 2025 —manteniéndolo como el mayor mercado de viajes del mundo— y sostuvo 20,4 millones de empleos, con 242.000 nuevos puestos creados en el año. El gasto doméstico alcanzó los $ 1,54 billones, un 0,3% más que en 2024 y un 14,3% por encima de los niveles prepandemia.
Pero ese piso estructural convive con una grieta que la industria ya no puede ignorar: el segmento internacional encadenó su peor año desde la pandemia. Según el mismo informe de WTTC, los visitantes internacionales cayeron un 5,5% respecto a 2024 y su gasto descendió un 4,6%, hasta los $ 176 mil millones.
El sector aumentó solo un 0,9% en términos del PIB turístico —frente al 4,1% global—, lo que convirtió a Norteamérica en la región de menor crecimiento del mundo. El dato estructural más preocupante: 80 millones de personas adicionales viajaron internacionalmente en 2025 respecto al año anterior, pero eligieron otros destinos. El contraste con Asia-Pacífico —que creció un 8,2%— define el problema con claridad.
El dato más revelador: de las 184 economías analizadas por WTTC y Oxford Economics, Estados Unidos fue la única en registrar una caída. Mientras Francia, Grecia, México e Italia crecieron en doble dígito, el mercado norteamericano perdió cuota global por segundo año consecutivo, con su participación en los arribos internacionales cayendo al 4,2%.
Geoff Freeman, presidente de U.S. Travel Association, fue directo: 2025 fue uno de los "años más decepcionantes" para el turismo receptivo del país. No como crisis aislada, sino como síntoma de un problema acumulado.
Gloria Guevara, presidenta de WTTC, señaló en abril de 2026 que Estados Unidos enfrenta un punto de inflexión: para evitar perder su liderazgo debe invertir en promoción internacional, cambiar la percepción como destino y crecer en gasto de visitantes internacionales.
Desde 2015, la participación de Estados Unidos en el turismo global cayó del 12,8% al 9,1%, y hoy el país ya no lidera el ranking de destinos más visitados. Con 68 millones, Estados Unidos fue superado por España y Francia —con 96,5 millones y 105 millones de visitantes, respectivamente—, y China está en trayectoria de alcanzarlo antes de 2031.
Entrar a 2026 con ese antecedente cambia el significado del Mundial. No es solo un evento. Para la industria, es la gran apuesta de reversión.
No es solo consumo, es acceso
El análisis convencional del turismo en Estados Unidos tiende a describir la bifurcación del consumo como un problema de segmentación de demanda: el lujo va bien, el segmento medio sufre. Esa lectura es parcialmente correcta, pero incompleta, porque omite la variable que la industria identifica como el cuello de botella primario: el sistema de acceso al país.
Los tiempos de espera para la entrevista de visa se acercaban a los 400 días en mercados clave, según datos de WTTC. U.S. Travel encargó a Tourism Economics un análisis que cuantificó el impacto: EE. UU. corre el riesgo de perder 39 millones de visitantes y US$ 150 mil millones en gasto en los próximos diez años si no resuelve ese cuello de botella. Y en el horizonte inmediato del Mundial, casi un tercio de los potenciales visitantes internacionales ya citó preocupaciones sobre los requisitos de ingreso —incluyendo la nueva "visa integrity fee" de US$ 250 implementada por el Departamento de Estado en 2025 y la propuesta de exigir cinco años de historial en redes sociales para ingresar al país.
La paradoja estructural se agudizó: el país genera deseo de visita, pero el embudo del acceso filtra una parte significativa de esa demanda latente. En 2025 ese filtro se tensó aún más con el cambio de clima político-migratorio, que generó un efecto disuasorio documentado incluso antes de que el visitante tuviera que gestionar un trámite.
El recorte del Congreso a Brand USA en julio de 2025 —de $ 100 millones a $ 20 millones en fondos de contrapartida— agregó una capa adicional al problema. Sin embargo, la organización respondió con una estrategia de foco geográfico: en marzo de 2026, su CEO Fred Dixon encabezó personalmente la inaugural Brand USA Travel Week South America en Río de Janeiro, reuniendo a más de 50 exhibidores estadounidenses con casi 80 compradores y periodistas de Brasil, Colombia, Argentina, Chile y Perú. La señal es clara: con menos presupuesto global, la apuesta se concentra en los mercados de mayor retorno.
El turismo latinoamericano: resiliencia con matices
América del Sur representa el 16% del total de visitantes internacionales a Estados Unidos y genera US$ 20 mil millones anuales en gasto, posicionándose como la tercera región emisora global según Brand USA (marzo 2026). Esa cifra agrega a cinco mercados: Brasil, Colombia, Argentina, Chile y Perú. Pero el promedio regional esconde una asimetría que es la clave de lectura del momento.
Brasil sigue siendo el motor: 1,9 millones de arribos en 2025 y un gasto promedio por viaje de US$ 3.442, el más alto de la región. Colombia consolidó 1,1 millones de turistas con un consumo promedio de US$ 2.400 y el primer puesto como destino preferido de sus viajeros. Chile registró 318.819 visitantes con una erogación de $ 2.969, y Perú contribuyó con 372.986 ingresos con $ 2.516 por viajero.
El caso de Argentina merece una atención específica. Con 789.942 turistas, registró un crecimiento interanual del 14,9% —uno de los mejores desempeños de cualquier mercado emisor en ese período—, con un gasto promedio de $ 3.321 por viaje, que lo coloca como el segundo mercado de mayor valor per cápita de la región. Este rendimiento contrasta con la caída generalizada del receptivo internacional y con las dificultades de otros mercados de la región.
El contraejemplo es Brasil en el plano de las visas: durante los primeros cinco meses del segundo mandato de Donald Trump, el Departamento de Estado emitió 358.000 visas turísticas y de negocios a brasileños, frente a 482.000 en el mismo período del año anterior, lo que representa una caída del 26%. En 2023 y 2024, Estados Unidos había otorgado más visas turísticas a Brasil que a cualquier otro país del mundo. Ese volumen, en contracción, es el mayor riesgo individual que enfrenta el emisivo latinoamericano en 2026.
Un mercado clave para Estados Unidos
Lo que distingue estructuralmente al viajero latinoamericano es su combinación de atributos difícil de reemplazar: alta recurrencia, gasto concentrado en destinos urbanos y de entretenimiento, y una afinidad cultural con el destino que no se erosiona fácilmente. Nueva York y Miami permanecen en el top 3 de destinos preferidos.
El visitante aéreo internacional promedio en 2024 se quedaba 17,5 noches y gastaba $ 1.802 en destino —sin contar el aéreo internacional—. Para el viajero latinoamericano de perfil medio-alto, esos números son consistentemente superiores.
Además, la conectividad sigue creciendo: Gol anunció recientemente su primera ruta directa entre Río de Janeiro (GIG) y Nueva York (JFK), con inicio previsto para julio de 2026 —justo en pleno torneo—, lo que amplía la base de demanda accesible desde Brasil.
El Mundial 2026: catalizador real, pero con condiciones
La Copa del Mundo es, sin discusión, el evento de mayor impacto coyuntural del año. Tourism Economics (Oxford Economics) proyecta que Estados Unidos recibirá 1,24 millones de visitantes internacionales adicionales por el torneo, de los cuales 742.000 —el 60%— son incrementales: viajes que no habrían ocurrido sin el evento.
El pico de demanda se concentrará en junio, cuando se disputarán 57 de los 78 partidos en suelo norteamericano, con un incremento proyectado del 10% en arribos internacionales ese mes respecto al año anterior.
Un estudio de la FIFA estima en US$ 6,4 mil millones el gasto turístico sólo en suelo estadounidense. Los visitantes al Mundial proyectan gastar más de US$ 5.000 por persona —1,7 veces el promedio del turista internacional en el país— y uno de cada tres planea quedarse más de dos semanas.
El impacto hotelero ya tiene estimaciones detalladas: los ingresos por habitación en las ciudades sede proyectan alzas de entre 7% y 25% durante junio, con los picos más pronunciados en el área de Nueva York/Nueva Jersey, sede de la final el 19 de julio en East Rutherford.
Para el mercado latinoamericano, la relevancia es especialmente alta. Brasil, Argentina, Colombia y México clasificaron al torneo, proyectando flujos de demanda con componente emocional y disposición al gasto por encima del promedio. Brand USA no lo ignora: su campaña "America the Beautiful Game" —con 50 experiencias en las ciudades sede— tiene traducción activa en portugués y español, y se distribuye en Brasil y Colombia como piezas centrales de la estrategia regional.
Los desafíos a resolver
Pero hay una condición que la industria señala con insistencia. La percepción de seguridad emergió como la principal preocupación entre los potenciales visitantes al torneo, y los US$ 600 millones invertidos en seguridad para el evento son una respuesta directa.
El otro frente es la entrada al país: si el sistema de visa no acompaña la demanda —con los tiempos de tramitación y costos actuales—, una parte de esa demanda potencial no se materializará. El Mundial es un amplificador de flujos, no una solución automática.
Los destinos secundarios y la oportunidad pos-Mundial
Uno de los cambios estructurales más relevantes que atraviesa el mercado estadounidense —y que el Mundial acelera, pero no origina— es el desplazamiento del interés hacia destinos con menor saturación. Ciudades intermedias con oferta cultural, gastronómica o de naturaleza están captando demanda que antes se concentraba en los grandes hubs, por tres razones convergentes: menor costo, menor congestión y mayor autenticidad percibida.
Esta tendencia tiene implicancias directas para la estrategia de comercialización. El operador que solo tiene en cartera a Nueva York, Miami y Los Ángeles opera en los mercados más competidos y con mayor presión de precio. El que incorpora destinos emergentes con identidad propia accede a un margen de diferenciación que el mercado ya está demandando.
El dato que cuantifica la oportunidad: el 80% de los visitantes que llegan para el Mundial declaró interés en visitar destinos más allá de las ciudades sede. Eso crea una ventana de exposición para ciudades que no tendrían acceso a ese volumen de demanda en condiciones normales. Brand USA ya está trabajando ese ángulo: Virginia, Colorado y Orlando —destinos que no son sedes del torneo— participaron activamente en el Travel Week South America de marzo 2026 como parte de una estrategia explícita de dispersión geográfica del flujo.
Un mercado que exige lectura precisa
El turismo en EE. UU. en 2026 no es un mercado en crisis, pero tampoco es el mercado de fortaleza simple que sugieren sus indicadores agregados. Es un sistema en tensión entre números domésticos robustos y deterioro relativo en el receptivo internacional; entre la oportunidad inédita que representa el Mundial y los obstáculos estructurales que podrían recortarla; entre la narrativa de primer destino del mundo y los datos que muestran que ese liderazgo está siendo disputado con más fuerza que en ningún otro momento de las últimas dos décadas.
Para el profesional del sector —operador, comercializador, inversor— el año exige tres capacidades simultáneas.
La primera es la lectura fina de la demanda por segmento y por origen. El viajero latinoamericano no es un bloque homogéneo: el argentino que creció 14,9% interanual no tiene el mismo perfil ni las mismas barreras que el brasileño, cuya tramitación de visa se redujo un 26%. Tratar el receptivo regional como una sola masa es el error más caro que puede cometer un operador en 2026.
La segunda es la gestión activa de la fricción. Cada punto de dificultad en el proceso —visa, entrada, logística, comunicación— es una fuga en el embudo de conversión. El operador que reduzca esa fricción para su cliente tendrá una ventaja directa y medible.
La tercera es el aprovechamiento estratégico del Mundial como plataforma: no solo para la demanda directa del torneo, sino para la exposición que genera, los flujos que redistribuye y los mercados que activa por primera vez. Quienes tengan el producto y la capacidad de operación listos van a encontrar una demanda que no se repetirá con esta intensidad.
El gigante sigue siendo el mayor mercado turístico del mundo. Pero en 2026 opera con más presión de la que sus cifras de portada sugieren.
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