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Cuatro tendencias para la próxima década

Se inicia 2020 y comienza también una nueva década. Le proponemos un repaso por cuatro tendencias que cambiarán el modo en que viajamos y el contexto en el que hoy hacemos turismo: la irrupción de China, el peso de la tecnología, la sustentabilidad y el turismo espacial.

Está claro que hacer turismo en 2030 será diferente y mucho. Y los elementos que cambiarán el panorama actual, las fuerzas que producirán la modificación general, ya están en marcha. Le proponemos un repaso por las cuatro más relevantes.

 

China, el gigante que mueve al mundo.

Una combinación entre la desaceleración de la Economía Mundial y la disputa comercial con Estados Unidos ha generado que haya pronósticos de desaceleración del crecimiento de China para los próximos años.

En 2018 y por primera vez, el tráfico de pasajeros aéreos dentro de China superó los 600 millones de pasajeros. Y se posicionó como el segundo mercado que más creció. En este 2019, China terminó con un crecimiento promedio del 8,7%.

Sin embargo, ya en 2012, China se posicionó como el principal mercado emisor de viajeros a nivel mundial. El año pasado, esa cifra, la de viajeros chinos, alcanzó los 150 millones y se espera que para 2030 alcance los 259 millones. Un análisis del perfil generacional muestra que los millennials chinos (de 15 a 34 años) representan la porción más grande de los viajeros con un 55%. Le sigue la Generación X (35-44 años), con el 33%. Por otra parte, la mayoría de los turistas chinos tiene educación superior y posgrados (58%). La estadía promedio se ubica, dependiendo del destino, entre los 4 y los 7 días, con un gasto promedio de US$ 970 por persona.

Entender la cultura china, sus costumbres, cómo debe tratárseles generará un fenómeno de transculturización. Esa enorme masa de viajeros chinos generando riquezas con sus viajes y compras producirá una inevitable orientalización de la sociedad mundial. De alguna forma, será una vuelta a los detalles puesto que la cultura china está compuesta de profundos protocolos sociales, tradiciones y simbolismos que deben ser aprendidos, pero sobre todo respetados.

 

La tecnología.

Cada vez con más profundidad, la tecnología modifica nuestras vidas. No solo nuestros hábitos y costumbres, y nuestros modos de compra, también en nuestro modo de viajar. Desde la manera en que reservamos un viaje, cómo nos inspiramos, que plataforma elegimos para comprar, cómo pagamos, también como viajamos en sí, cómo nos asiste la tecnología durante el viaje en sí, y sobre todo, cómo nos sirve para mantenernos conectados de modo de contar a los otros cómo disfrutamos de la travesía. Y está del lado visible, a partir de un robot que nos asiste como “mucamo” en un hotel o el que nos permite despachar la maleta en el hall de un hotel, a un reloj digital que nos sirve de llave en el camarote de un barco, pasando por una app que mientras viajamos nos envía promos para disfrutar en cada destino, entre otras, pero también y sobre todo, del lado “invisible”. Está en la personalización de las ofertas que elaboran las líneas aéreas gracias al NDC; en la Inteligencia Artificial que nos asiste telefónicamente; en la seguridad digital que aporta en las operaciones financieras y con tarjeta de crédito el Blockchain; en la identificación digital (Digital ID) que acelerará los procesos de check-in en los aeropuertos, y un largo, largo etcétera.  

Incluso va más allá, la tecnología también afectará el modo en que viajamos modernizando aviones, trenes, cruceros y buses, pero también avanzando hacia la “movilidad personal”: desde los monopatines de alquiler individuales y eléctricos que hoy nos permiten recorrer un destino, hasta los famosos “taxis-voladores” en los que están trabajando diversas empresas.

 

La sustentabilidad.

Lo que hasta hace poco era apenas una tendencia, un interés incipiente, se ha instalado como un clamor que debe escucharse y que ha trepado en la agenda de las grandes empresas.

Las líneas aéreas prometen que su crecimiento de tráfico será neutro en emisiones de CO² y de hecho claman porque los gobiernos promuevan activa y económicamente la producción de biocombustibles que transformen en “verde” cada vuelo. Por el momento, la década comienza con la puesta en marcha de Corsia, de la OACI. Hablamos del Esquema de Compensación y Reducción de Emisiones de Carbono para la Aviación Internacional (Corsia, por sus siglas en inglés), que permitirá a las líneas aéreas mediante diversas medidas, compensar sus emisiones de CO² tomando como referencia las emitidas en el bienio 2018/2019. De modo que no habrá un congelamiento ni un descenso inmediato, pero sí un sistema que permitirá recaudar dinero de modo global para aplicarlo a desarrollar iniciativas de mitigación.

Buena parte de los cruceros que entrarán en servicio a partir de 2020, aplican a propulsiones no contaminantes (como las de Gas Natural Licuado), además de mejorar sus sistemas de reprocesado de aguas y basura.

Por otro lado, la proliferación de vehículos eléctricos hace pensar que estamos muy cerca de un gran cambio de paradigma en la movilidad urbana y de superficie, con el desarrollo de otros modelos más complejos. Por ejemplo, una van. De hecho, muchos de los vehículos de superficie que se utilizan en diversos aeropuertos (camionetas, tractores, etcétera) ya son de propulsión eléctrica.

De hecho, copiando lo decidido por la IATA respecto del crecimiento neutral en CO², la propia OMT emitió un comunicado en el que reconoce las emisiones del sector turístico y propone un objetivo similar.

 

El turismo espacial.

Habitualmente, la serie de TV de ciencia ficción “Viaje a las estrellas”, comenzaba con una alocución. Ese texto leído por una voz en off empezaba diciendo: “El espacio… la última frontera”. Curiosamente, vuelve a serlo por estos días. Se trata del destino turístico más disruptivo que uno pueda imaginar, al menos en el último siglo. Y hoy está a la “vuelta de la esquina”.

Sin duda alguna, es un panorama amplio, con al menos dos decenas de empresas, donde se destacan tres. ¿Por qué esta trinidad? Porque detrás de ellas están las ingentes fortunas de tres multimillonarios. Virgin Galactic fue fundada por Richard Branson, del grupo Virgin; Blue Origin, por Jeff Bezos, creador y dueño de Amazon; y finalmente Space X le pertenece al dueño de Tesla, Elon Musk.

Virgin Galactic ha tomado la delantera, tiene una nave probada que ha realizado vuelos y las instalaciones necesarias con un “espacio puerto” propio. De todos modos, ha hecho trampa, puesto que considera como “primera turista espacial” a Beth Moses quien es, en realidad, jefa de Instructores de Virgin Galactic. Lo cierto es que la empresa que hoy es participada por Boeing y cotiza en Bolsa, registra reservas por US$ 30 millones desde 2008. Las primeras 100 personas interesadas en volar debieron hacer un depósito de US$ 200 mil, sin embargo, las siguientes 400 deberán pagar entre US$ 100 mil y US$ 175 mil. A partir de ese punto, la reserva baja drásticamente a US$ 20 mil porque el objetivo es popularizar los viajes al espacio y ésa es la clave. Hoy es un asunto de pocos, de millonarios, pero la popularización se producirá mucho más rápido de lo que le sucedió al vuelo en avión comercial.

Blue Origin también ofrece vuelos al espacio y tampoco tiene una fecha clara de inicio de ellos. Su aproximación fue distinta a Virgin, mientras ésta utiliza un “avión espacial”, la firma de Bezos eligió el concepto de un cohete reutilizable (bautizado “New Sheppard” en honor al astronauta Alan Sheppard). Y de hecho, aunque no aún con pasajeros, ya ha realizado algunos vuelos y ha posicionado satélites en órbita. 

Finalmente, Space X avanza en el mismo sentido de Blue Origin, con un cohete reutilizable (Falcon 9) que se combina con una cápsula para siete tripulantes (Dragon). En este caso, Musk apunta menos al turismo y más a los “negocios espaciales”, que pasan por poner en órbita satélites y hasta brindarles mantenimiento. No hablamos de artefactos de empresas privadas, sino también al servicio de los gobiernos, bajo contratos estatales como proveedores.

 
El hombre que vio el futuro

No habló específicamente de turismo, pero sí del futuro. Quizás fue uno de los futurólogos más asertivos, aunque su profesión haya sido la de escritor. Me refiero a Isaac Asimov, considerado uno de los tres más grandes creadores de la Ciencia Ficción junto a Arthur C. Clark y Robert Heinlein.

Asimov habló de algunas de las tendencias recogidas en este artículo. Por ejemplo, puso énfasis en la robótica y redactó las que se consideran tres leyes básicas (1- Un robot no hará daño a un ser humano ni permitirá que un humano sufra daño; 2- Un robot debe obedecer las órdenes dadas por los seres humanos, excepto si éstas entrasen en conflicto con la primera ley; y 3-Un robot debe proteger su propia existencia en la medida que esto no entre en conflicto con las dos leyes anteriores). “Los robots harán los trabajos que hacen los hombres porque no usamos el cerebro”, dijo Asimov una vez.

Respecto de la sustentabilidad y la protección del medio ambiente, otro ejemplo, el escritor y ensayista declaró en 1988: “Quizás ahora no tengan la perspectiva suficiente. Desde hace veinte años que hablo de esto: el efecto invernadero. Hay que controlar las emisiones de carbono a la atmósfera”.